sábado, septiembre 19, 2026

Biodiversidad de Tomé plantea desafíos para impulsar un turismo sustentable


La bióloga especializada en conservación y biodiversidad destacó el alto valor ambiental de la comuna, desde el humedal Coliumo y el Estero Bellavista hasta sus quebradas, borde costero y zonas donde aún sobrevive el amenazado queule. Advirtió que el turismo debe desarrollarse considerando la capacidad de cada ecosistema para recibir visitantes.

Tomé posee una diversidad de ecosistemas que representa una oportunidad para desarrollar actividades turísticas y recreativas, pero también plantea el desafío de proteger espacios naturales que pueden resultar especialmente sensibles a la intervención humana. Así lo explicó una bióloga con cerca de dos décadas de experiencia en educación ambiental, investigación, restauración y biodiversidad en la Región del Biobío.

La especialista señaló que la ubicación geográfica del Biobío, entre la zona mediterránea y los sectores más húmedos del sur, genera una condición de transición que favorece una diversidad excepcional de flora y fauna. Esta característica también está presente en Tomé, donde existen ambientes costeros, humedales, quebradas y otros espacios que cumplen funciones relevantes para la conservación de especies y para la población.

Entre los lugares de importancia ambiental de la comuna mencionó el Estero Bellavista y el humedal Coliumo, que si bien no corresponden actualmente a áreas protegidas formales, poseen un alto valor ambiental. A ellos se suman el borde costero, los acantilados y las quebradas interiores, donde sobreviven especies de especial relevancia, entre ellas el queule, árbol milenario que se encuentra amenazado y que todavía puede encontrarse incluso en sectores próximos a viviendas.

La profesional planteó que antes de promover nuevas actividades turísticas es fundamental conocer qué espacios existen, cuál es su estado y cuánta presión pueden soportar. A su juicio, no se trata necesariamente de cerrar o restringir los lugares naturales, sino de determinar dónde, cuándo y bajo qué condiciones pueden ser visitados para evitar daños a especies o ecosistemas particularmente vulnerables.

En este sentido, explicó que el tipo de actividad también es determinante. El tránsito a pie, en bicicleta, motocicleta o vehículos genera impactos diferentes, mientras que el ruido y la contaminación lumínica pueden afectar especialmente a las aves durante períodos de reproducción y alimentación. Por ello, sostuvo que el turismo debe planificarse considerando tanto las características del territorio como la actividad que se pretende desarrollar.

La especialista también llamó la atención sobre conductas cotidianas que pueden afectar la biodiversidad, como ingresar con mascotas sin control a espacios naturales. Perros y gatos pueden perseguir o depredar fauna silvestre, mientras que especies introducidas como las tortugas de orejas rojas pueden convertirse en un problema cuando son liberadas en humedales o lagunas. A ello se suma el riesgo de incendios forestales, muchos de ellos asociados a actividades humanas, y los efectos del cambio de uso de suelo y las parcelaciones.

Finalmente, sostuvo que la conservación y el turismo no necesariamente son actividades incompatibles, pero requieren planificación y educación ambiental. Mantener paisajes diversos, evitar la degradación de los ecosistemas y establecer condiciones de acceso adecuadas permitiría que los espacios naturales de Tomé puedan ser disfrutados por las actuales generaciones sin comprometer su conservación futura.