Video del conejito
¿A pito de qué? Bueno de nada. O de que me gusta mucho esta canción.Enjoy!
Everyone Else Had More Sex Then Me
Everyone else has had more sex than me
Does anyone else get that feeling?
Teenagers, naked, couple in threes;
Grandparents swing from the ceiling;
Corporate capers and office amour;
Shenanigans outdoor and in -
Resist, and then later you find out there's more
Regret in not doing the sin.
All loves have to die - of that there's no help;
My favourite way to end em'
Is the orb-weaver spider's, whose pedipalp
Enters the female pudendum,
Then dies on the spot, his corpse there still stuck,
Left for his rivals to curse it.
He would rather die than not get to fuck:
Personally, I reckon it's worth it.
domingo, diciembre 31, 2006
martes, diciembre 12, 2006
Un museo de cachureos
Siempre me pareció "raro" el Museo de Hualpén, un amontonamiento de cosas sin ton ni son. Sin embargo, desde el colegio, tuve que tragarme los discursos del "patrimonio histórico" de la ciudad y de las cosas maravillosas y valiosas que habían aquí. Al leer al crítico de arte Justo Pastor Mellado me doy cuenta que mis intuiciones no estaban tan equivocadas.
Justo Pastor Mellado
Viaje y Reparación (1)
autor Justo Pastor Mellado
Thursday, 03 de March de 2005
En el imaginario penquista el Museo Hualpén ha sido un fondo de referencia ineludible, que explica en parte nuestra sujeción simbólica a las inquietantes ensoñaciones vinculadas a la topografía de una desembocadura como esa.
La casa de don Pedro del Río Zañartu fue edificada para tener un vista sobre la ciudad (hacia la izquierda) y otra sobre la desembocadura del Bio-Bio (a la derecha). Era este emplazamiento un atributo de poder sobre la política y la naturaleza, puesto que a sus pies había diseñado un parque “a la chilena”, solo con especies criollas. En la misma época, doña Isidora Goyenechea se había hecho diseñar por un experto inglés, los jardines del Parque de Lota. Mientras don Pedro del Río se establecía como un notable regional, empresario avanzado en la economía regional, articulador de los primeros mitos de desarrollo local, el Parque de Lota se verifica como un enclave, producto de la ensoñación ordenadoramente decorativa de quien debía hacer el trabajo de la compensación pública. La mina está ordenada en estratos, pero sobre la superficie, el Parque satisface la representación de una construcción que localiza el ocio en la primera franja de visibilidad, dejando al Chiflón del Diablo como un remedo literario. Me refiero a los efectos de reconstrucción del imaginario que hoy día mismo, ambas instalaciones siguen ejerciendo en la memoria local.
Pero regreso, por ahora, a don Pedro del Río, que era un hombre de negocios cuya sola historia como empresario debiera ser objeto de mayor estudio, sin desmerecer, por cierto, lo que se ha escrito sobre su biografía. Pienso en la necesidad de organizar una historia del empresariado penquista en los albores del siglo XX, en lo que significa la apertura de un espacio de desarrollo local que tiene lugar en el momento de pleno funcionamiento de las minas de Lota. Necesidad, simplemente, de buscar indicios de desarrollo local en competencia con enclaves tecnológicos que permitieron la constitución de un modo específico de conciencia laboral. Lo que me importa, por el momento, Es un momento biográfico duro en la historia de don Pedro del Río: el fallecimiento de su esposa y de su hija, a manos de la difteria. El hombre quedó en tal estado de tristeza que emprendió un viaje alrededor del mundo para trabajar su duelo.
De hecho, realizó varios viajes. Pero en concreto, en cada sitio que visitaba, adquiría un objeto. Es así como llenó sus baúles de muñecas bolivianas, zapatos chinos, babuchas turcas, dagas malayas, máscaras amazónicas, sombreros, bastones, piezas de arte popular, joyas, tonteritas, hasta una armadura veneciana del siglo XV, un traje de samurai, ¡y una pequeña momia egipcia! Todo eso, lo trajo a Concepción, lo instaló en su casa y lo donó a la ciudad. La ciudad se hizo cargo y armó este museo. Resulta necesario, hoy día, rehacer la historia de esta institucionalización, porque señala un marco para la reconstrucción de las fuentes de la historia local. Otra tarea. Pero lo que debe ser retenido, por el momento, Es el hecho de que este señor, aristócrata regional, se construye algo así como su propio “gabinete de curiosidades”. Siempre me ha sorprendido la ausencia de fotografías del viaje. Es probable que existan. Pero no las he visto. Lo que me sugiere la siguiente idea: ¿para qué iba a fotografiarse en esos lugares, si ya tenía en su poder objetos que señalaban la prueba de su paso? Pero hay otra cosa: fotografiarse solo era una prueba de la ausencia de su mujer y de su hija. Adquirir objetos implicaba hacerse de un objeto reparatorio, probablemente. Quizás esa sea la razón de nuestra fascinación infantil por esa colección; saber que es el producto de un duelo.
La última vez que visité el Museo Hualpén fue en enero del 2002. De regreso a Santiago, en plena carretera, en una estación de servicio cercana a Los Angeles, encontré a un ciclista, completamente varado. No era un ciclista cualquiera. El vehículo tenía alforjas delanteras y traseras. Era un ciclista de fondo. No era un ciclo-turista. Estaba vestido con una camisa y con pantalones de carabinero, dados de baja, muy bien conservados. O sea, presentaban cuidadosos remiendos. Llevaba puesta una gorra deportiva con insignias de diversos origen. Era un hombre delgado, moreno, la piel curtida. Pero estaba varado. En el suelo, había ordenado los restos del piñón y tenía la rueda trasera desarmada.
De inmediato, por complicidad ciclista, entablé conversación con el hombre. Había recorrido el país como unas cuatro veces. Vivía en la ruta. Vivía para pedalear. Dormía en comisarías. No molestaba a nadie. Solo pedaleaba. Hacía algunos trabajos para comer y seguía en la ruta. No era un indigente, sino un rutero de fondo que se había perdido en el pedalear. Era un “principe” del camino. Esperaba, en esa estación de servicio, a un tipo que lo llevaría en camión hasta un pueblo cercano donde conocía a alguien que le repararía la bicicleta, porque debía seguir su camino en los próximos días, para asistir a las festividades del aniversario de la Comuna de Lota.
Como decía: llevaba toda sus pertenencias en las alforjas. Sobre una de ellas, advertí un álbum de fotografías. Le pedí autorización para hojearlo. Eran sus pruebas. Efectivamente, había fotos suyas pedaleando en medio de una ruta cubierta por la nieve, en Puerto Williams, como también, parado junto a su bicicleta, en un paisaje andino, cercano a Putre. Hasta que entre las páginas del álbum encontré un trozo de periódico local, en que se le hacía una crónica. El hombre había perdido a su esposa y a su hija en un accidente automovilístico, en las cercanías de Lota, hacía como diez años. El hombre, para hacer su trabajo de duelo, ¡emprendió un viaje!
Don Pedro del Río y el hombre del camino iniciaron un viaje para realizar su trabajo de duelo. Uno lo hizo en barco y en tren, el otro, en bicicleta. El primero regresó trayendo objetos de prueba y de reparación, depositándolos en un espacio para el goce de la comunidad; el segundo se transporta consigo como prueba,llevando sus propias pertenencias en un receptáculo adaptado a su resistencia corporal. El primero no se tomó fotos y trajo objetos; el segundo no tiene objetos y se saca fotos en el camino. El primero se re-estableció y se volvió a casar; el segundo sigue dando vueltas y es soltero. Ambos perdieron a su esposa e hija en una zona cercana a Lota. La pérdida y el viaje los hace cercanos, pero la reparación los separa. Uno se repara, porque tenía casa, mientras el otro permanece en la irreparabilidad, reproduciendo las condiciones de falta de casa. Porque no tiene donde llegar (en términos simbólicos), pedalea y recorre el país, poniéndose razonablemente al margen, sin molestar a nadie, viviendo de una especie de caridad institucional. Todo en él funciona en una escala de economía extremadamente reducida. Solo viaja con lo básico para su propia mantención en ruta.
Don Pedro del Río se ha establecido en la memoria local y su estrategia de adquisición lo delata como un hombre que carecía de lo que, en esa época, podría haber sido “buen gusto”. Era un notable provincial al que le faltaba el roce mundano que caracterizó a los latifundistas de la zona central. Si bien, el mobiliario de su casa denota un gran sentido del habitar, aunque eso se lo podemos atribuir al encanto de su segunda esposa, doña Carmen Urrejola. Creo haber percibido entre los objetos, un cierto número de cosas contrahechas, de esas que se adquieren en mercados populares de todo el mundo. Sea lo que sea, hasta lo más falso, tiene más de cien años. O sea, tienen un siglo dispuestos en vitrina.
En el comienzo del siglo XXI, el ciclista de fondo está más cercano al campo del arte contemporáneo, mientras que don Pedro del Río permanece en las artes populares. De hecho, la casa-museo Hualpén alberga, desde fines de los años 50´s, un museo de artes populares.
En enero del 2002, la Universidad de Concepción realizó un pequeño debate sobre arte contemporáneo. Uno de los invitados era Mario Toral, que ya había iniciado su campaña para el premio nacional. Punto: el debate había dejado de ser contemporáneo, en el momento previo a su desarrollo. El discurso de Toral hacía caso omiso de la historia penquista pesada en el tema. Se puede pensar lo que se quiera del desarrollo de la pintura penquista, pero no puede Toral llegar a plantearse con un discurso que la ancla a una problemática anterior al momento de su propia reproducción académica. La invitación a Toral por las autoridades, desconocía la especificidad de la propia escena “originaria” de la pintura penquista. No podía, un artista que logró instalar su pintura en una estación del Metro de Santiago, lo que no es ninguna garantía, después de haber hecho unos cuantos chistes de mal gusto sobre la Capilla Sixtina, venir a Concepción, la ciudad del muralismo chileno, a sostener un discurso que la propia posición de Julio Escámez en 1957 ya había superado. De seguro, Toral hizo una donación a la universidad. Eso no justifica la tribuna para reproducir un discurso fuera de escena, que atentaba contra la propia historia de la plástica penquista.
Haré una sola pregunta, para situar históricamente la cuestión: ¿qué hacía Toral en 1957? ¿Cuál era su relación de obra con esta región? Desde estas preguntas, se plantea una tercera: ¿en el curso de qué política, Toral se instala como referente del muralismo actual, desconociendo las estructuras formales del muralismo que lo precedía? En términos estrictos, por su carácter narrativo, el muralismo actal de Toral, que en el fondo no es más que panelería de tela sobre bastidor, no reconoce su deuda formal con el muralismo de De la Fuente y de Escámez. Y Toral señala en su discurso del 2002, en Concepción, que el muralismo es la forma más avanzada de arte público, como si entre 1957 y el 2002 no hubiese pasado agua bajo los puentes. Por mencionar, ni más ni menos, que el mural de la Pinacoteca. Y sobre todo, el mural de “historia de Chile” pintado por las BRP en los muros del borde del Mapocho, para el cincuentenario del partido comunista. ¿No tendremos que pensar en un necesario adelgazamiento de referentes históricos que sobre determinan la narratividad del mural de Toral en el Metro? De súbito, apoyado por el empresariado, Toral se levanta en alternativa narratoria de la omisión de la historia.
Incluso, él mismo termina siendo objeto de las contradicciones de su grupo de habilitación, en la medida que una comisión especial organizada por sus “mandantes” para la obra, le censura las imágenes relativas al bombardeo a La Moneda. ¿O no es efectivo? Para seguir en carrera, aceptó la objeción y se hizo cómplice de la banalización del relato. Esto solo constituye un caso para analizar en un coloquio sobre arte y política.
El propio coloquio de Concepción, en enero del 2002, se expone a ser convertido en un indicio de las fallas institucionales de lectura de la coyuntura de productividad de una escena local. Eso quiere decir que el análisis que realiza acerca de la historia de su constitución como escena ha sido insuficiente, teniendo a la mano, dos acontecimientos que por su carácter modélico, nos arrojan excepcionales enseñanzas formales: don Pedro del Río y el ciclista de fondo, unidos por el duelo.
enero 2004
domingo, diciembre 10, 2006
¿Cómo hacer un buen diario?. Aquí hay unas muy buenas pistas. Este documento lo copié de aquí.
Ya que hoy murió Pinochet aquí aparece un poco de trivia para que sepan cómo fue que Baltarzar Garzón logró que lo detuvieran en Londres. ¡Enjoy!
EL PROCESO DE VERIFICACIÓN EN THE NEW YORKER
Por Andy Young
Me gustaría describir un poco la revista donde trabajo. The New Yorker acaba de cumplir 86 años y es, para bien o para mal, la revista semanal más importante de Estados Unidos. Fue concebida en los años 20 como revista humorística y como crónica de la ciudad de Nueva York en la época del Jazz. Publicaba artículos de autores humorísticos como Dorothy Parker, Robert Benchley, AJ Liebling, y James Thurber.
El tono de la revista cambió durante y después de la segunda Guerra Mundial.En el año 1946, publicó, en varias entregas, Hiroshima de John Hersey, una obra seminal sobre los efectos de las bombas nucleares en la población de Japón. Esta obra también ayudó a crear el tono de la revista –una actitud de perplejidad, a veces exagerada, hacia el Gobierno de Washington, y un sentido de que esa ciudad está poblada por gente que no saber pensar. Ese tono no ha cambiado mucho a través de los años.
En las décadas de los 50 y 60 la revista también empezó a ser reconocida – y todavía lo es – por los cuentos que publicaba cada semana. El New Yorker ha publicado a Philip Roth, John Updike, John Cheever, Nabokov, Borges, James Baldwin, y JD Salinger, el autor tal vez más asociado con el estilo de la revista.
En esos años también publicó In Cold Blood (A sangre fría) de Truman Capote y Silent Spring (Primavera silenciosa) de Rachel Carson, dos obras que cambiaron la manera en la que se escribe la “no ficción” y que, en el caso de Rachel Carson, facilitaron el desarrollo del movimiento ecologista en Estados Unidos. Más adelante, publicó a autores como Seymour Hersh, Joan Didion, Janet Malcolm, Raymond Carver, y Adam Gopnik. En los últimos años, la situación ha vuelto a cambiar. Ha terminado la época en la que se podían dedicar 20.000 palabras al ciclo vital del trigo. Tampoco creo que el futuro nos ofrecerá otro artículo sobre la vida cotidiana de una dominatrix de lujo o una estrella del cine porno. Los autores de cuentos que la revista publica son más internacionales -pueden servir como ejemplo Haruki Murakami,
Zadie Smith, y José Saramago-. Desde el 11 de septiembre de 2001, la revista, como todo el país –o por lo menos eso espero— se ha vuelto más sensible a los temas y acontecimientos internacionales.
Mirando en los archivos, encontré solamente tres o cuatro artículos sobre España antes de los atentados de Madrid en 2004. Un artículo sobre la carestía de los comestibles después de la segunda guerra, dos sobre procesiones religiosas y la cocina española, y un artículo de Jon Lee Anderson, a quien todos aquí conocemos bien, donde realiza un retrato del Rey Juan Carlos. Desde 2003 he corregido dos artículos sobre España, uno de Jon Lee, sobre el movimiento vasco, y otro de Larry Wright sobre las investigaciones realizadas después del 11 de marzo. Me fijé en los archivos – de una manera poco sistemática, debo admitir— para recordar los artículos que he corregido desde el 11 de septiembre, y encontré por lo menos ocho rtículos largos sobre Afganistán, diez más o menos sobre Irak e Irán, y demasiados
artículos para contar sobre las mentiras y las excusas del Gobierno para racionalizar sus guerras y las torturas en Abu Ghraib y Guantánamo.
Ahora quiero empezar a explicar los procedimientos de fact checking o verificación de datos en The New Yorker. La revista toma muy en serio este proceso, más en serio que otras revistas. Es un proceso que prácticamente no se realiza en los periódicos o en las editoriales literarias. En realidad es un lujo que se ofrece a nuestros autores, pero, a fin de cuentas, sirve para proteger a la revista de litigios por difamación y de la publicación de errores vergonzosos, como por ejemplo un artículo en el cual se decía que Jackson Pollock había asistido a una cena en 1970, catorce años después de su muerte. Este es un ejemplo real de un artículo que yo revisé. La verificación de datos ayuda a cruzar la línea, a veces poco clara, entre la realidad y la ficción. Los escándalos recientes de Jayson Blair y Judith Miller en el New York Times,
y de James Frey, el autor de las memorias A Million Little Pieces (traducido en España como En mil pedazos), que —ahora que sabemos que contenían una porción alta de invención— han demostrado la utilidad de la verificación. En New Yorker hay 16 fact checkers – un número inferior al de correctores de manuscrito o copy editors, pero superior al número de verificadores de otras revistas.
Algunos de mis colegas son jóvenes, recién licenciados; otros realizan este trabajo desde antes de que yo naciera. La sección tiene un director, que antes fue verificador, que también escribe artículos para otras publicaciones. Él resuelve los problemas complicados que surgen y se ocupa de entrevistar y contratar a nuevos empleados. Tiene dos delegados que se encargan del flujo de artículos y de otros asuntos de organización. Todo lo que se publica en la revista es verificado, incluso las historietas gráficas, las portadas, los poemas, los cuentos, las reseñas de arte y, por supuesto, los artículos periodísticos.
Una vez, verifiqué un poema que describía una laguna en Puerto Rico que estaba iluminada por la luz de ciertos animales fosforescentes. No me acuerdo cómo se llamaban, pero descubrí en mis investigaciones que el poeta no sabía nada de estos animales ni tampoco de cómo producían su fosforescencia. Había inventado términos científicos para describir lo que él había visto, detalles que hubieran parecido ridículos a cualquier lector con un conocimiento básico de biología. Tuve que explicar todo esto al editor. Desgraciadamente eliminaron el poema. El poema era bueno, pero la falta de un sentido básico de la ciencia lo sacó de la revista. Nunca más he querido verificar poemas por el terror de torturar a los pobres poetas.
Al poco tiempo de mi llegada a la revista, verifiqué un artículo escrito por el novelista Jeffrey Eugenides sobre un antropólogo, un sexólogo que estudiaba a los hermafroditas en la selva de Papúa Nueva Guinea. Eugenides decía que los pájaros y los monos de la selva no habían dejado dormir al sexólogo. Yo pensé: “¡Claro! Eso me parece muy lógico”. Unas semanas después me llegó una carta de un primatólogo jubilado. Los especialistas en temas raros, especialmente los especialistas jubilados, son los enemigos de los fact checkers. El primatólogo insistía que teníamos que publicar una corrección porque resulta que no hay monos en la selva de Papúa Nueva Guinea. Pensé: “¿qué importa?”. Se lo dije al director de la sección, pero él me explicó muy seriamente que sí era importante y que yo tenía que haber averiguado si había monos en Nueva Guinea. Si no los había, debería haber ofrecido al autor la opción de reemplazar los monos por otro animal indígena. ¿A lo mejor lo que arruinaba el sueño del sexólogo era el ruido de pájaros e insectos? Dos semanas más tarde llegó otra carta del primatólogo, donde mostraba un estado de pánico. Resulta que había investigado el tema, y que, a causa de la despoblación forestal y el desplazamiento de las poblaciones de monos, ahora sí había monos en la selva de Papúa Nueva Guinea. Por primera y última vez, celebré la destrucción de las selvas prístinas y empecé a tener dudas sobre la carrera que había elegido.
Estos son ejemplos triviales de lo que hacemos, pero indican el nivel de precisión y de detalle que se espera de los fact checkers. No importa si el artículo es sobre un episodio de la vida de la esposa del Marqués de Sade (en ese caso, por lo menos no hay peligro de litigio), o si es un artículo que podría afectar la política del Gobierno, como la serie que publicamos sobre los abusos en Abu Ghraib. Un aspecto del trabajo que todos apreciamos es que cada semana acaba siendo como un curso intensivo sobre cosas como la historia de los Marsh Arabs (árabes del pantano) en el sur de Irak o sobre la vida política de Hugo Chávez, Augusto Pinochet o sobre la lengua indígena Eyak, un idioma casi olvidado que sólo habla una señora anciana en Alaska.
Cuando un artículo es aceptado por los editores, lo mandan al director de los fact checkers que nos lo pasa. Muchas veces, la selección de verificador depende de los intereses o de la preparación o especialización de cada uno. Por ejemplo, a mí casi nunca me escogen para corregir artículos sobre economía, sobre deportes o artículos que requieren un conocimiento del alemán o el francés. Muchas veces me escogen para corregir artículos sobre artistas o cualquiera que requiera pelear con la gente de la Casa Blanca. Cuando me mandan un artículo, lo leo rápido la primera vez. Una de las ventajas de tener muchos empleados es que si un artículo realmente no me interesa, puedo decírselo al director y pasárselo a otra persona. Después de leerlo, generalmente llamo al autor y al editor para preguntarles si piensan que el artículo está listo y terminado o si creen que todavía pasará por muchos cambios o si el periodista todavía está entrevistando sus fuentes. Lo más importante es hablar con el autor del artículo sobre sus fuentes. Si el artículo es sobre una nueva biografía de García Lorca, las fuentes son bastante obvias: otras biografías, las obras de García
Lorca, su correspondencia, etcétera. En ese caso, es posible que no tenga que hacer ninguna llamada. Si el artículo habla de cómo el Ministerio de Defensa falsificó la información sobre las supuestas armas de destrucción masiva y engañó a las Naciones Unidas y al mundo entero para justificar una guerra contra Irak (éste fue el tema de un artículo de Seymour Hersh que yo verifiqué) el proceso es mucho más complicado. Hay que llamar a agentes de la CIA, a los representantes del ministerio, a funcionarios importantes en la Casa Blanca, etcétera. En este caso, tuve que crear listas muy largas de preguntas basadas en la información que se revelaba en el artículo y las mandé a todas esas personas. Se trata de preguntas muy específicas que deben parecer cómicas a las personas que las reciben; en realidad, creo que más bien las encuentran irritantes, porque son personas muy ocupadas que no tienen ganas de perder el
tiempo contestando mis listas de preguntas. En el caso del artículo de Seymour Hersh, las preguntas iban desde qué despacho es el que está al lado del de una persona o si otra persona estudió con un determinado profesor en los años sesenta en la Universidad de Chicago. También hay preguntas más complicadas como, por ejemplo, ¿es verdad que los pocos empleados top secret de la Oficina de Planes Especiales en el Ministerio de Defensa se autodenominan “la cábala”? En algunas ocasiones es necesario verificar conversaciones que han sido relatadas por terceras personas que no intervinieron directamente. Por ejemplo, un senador explicó a un periodista lo que el Presidente le contó sobre un asunto. Entonces, acudimos a la oficina del Presidente para preguntarle si recordaba la conversación como la había contado el senador. Muchas veces, las versiones no coinciden y hay que modificar el texto para que aparezca la conversación en el artículo.
Una parte importante del proceso de verificación de un artículo de este tipo es poder valorar si se puede confiar en las fuentes del periodista. Para hacerlo, debemos preguntarnos: ¿Quién es esta persona? ¿Tiene acceso a esa información? ¿Cuáles son sus motivos para hablar de estos temas con un periodista? Yo siempre sé la identidad de las fuentes secretas del periodista, aunque no se publiquen sus nombres y aparezcan como “un ex oficial de la CIA” o “una fuente de la Casa Blanca”. A veces, cuando hablo con una fuente, me doy cuenta de que esa persona no es completamente fiable. En algunos casos, sus motivos y prejuicios resultan demasiado evidentes, su versión de los hechos es demasiado vaga, parece que está mintiendo o la historia que me cuenta no está de acuerdo con lo que dicen otras fuentes.
Esto es lo que pasó en los meses antes de la Guerra de Irak con los artículos de Judith Miller para el New York Times. Judith Miller tenía acceso a personas con información sobre las armas de destrucción masiva, personas que formaban parte o tenían vínculos muy estrechos con los niveles más altos del Gobierno. Sus artículos comenzaron a generar temor en el público porque decían que Irak estaba preparando la construcción de armas nucleares. Colin Powell hizo referencias a la información de los artículos de Miller en su declaración ante el Consejo de Seguridad de la ONU antes del inicio de la guerra. No puedo decir con seguridad que esos artículos no habrían sido publicados en The New Yorker. Muy posiblemente habrían sido publi-
cados, pero solamente después de haber sido verificado por alguien como yo. Para hacerlo, habríamos hablado con sus fuentes y hecho todo lo posible para saber los nombres de todas las personas con quien ella había hablado y si era verdad que tenían acceso a la información que decían tener. En el mejor de los casos, habríamos hablado con sus fuentes después de haber leído las notas de sus entrevistas. Aunque no siempre es posible conseguir estas notas, nuestros periodistas saben que es una parte importante del proceso. No es algo que pasemos sin mucha discusión previa. También saben que tenemos la política de llamar a todas las fuentes. A veces, las fuentes se resisten a dedicar tiempo para hablar por teléfono conmigo. Les digo que si Hugo Chávez estuvo dispuesto a dedicarme media hora, ellos –directores de museos, funcionarios menores, etcétera– también lo pueden hacer.
Cuando nos mandan un artículo que parece dudoso – y a veces pasa—, por lo general no se publica en seguida. Se dedican varias semanas y se pide que el autor que realice más investigaciones en las que nosotros le ayudamos. En el caso de las fotos de las torturas y humillaciones en Abu Ghraib, Seymour Hersh –el periodista que reveló la noticia— tenía un CD con reproducciones de las fotos. En ese caso, nos pareció que las fotos bastaban para publicar un artículo sobre los abusos donde aparecieron varias imágenes. No puedo decir cómo el señor Hersh obtuvo esas fotos, pero sí puedo decir que lo primero que hicimos fue determinar si eran auténticas.
Más tarde aparecieron fotos falsas en Inglaterra, por ejemplo. Nosotros pudimos determinar que eran auténticas, que fueron tomadas en Abu Ghraib y, hasta cierto punto, confirmamos la identidad de las personas que aparecían en las fotos. La revista esperó una semana para publicar el artículo y así nuestros abogados tuvieron tiempo para revisarlo y nosotros para asegurarnos de que lo que decíamos era correcto.
Hace unos años, trabajé con Jon Lee Anderson en un artículo sobre Augusto Pinochet. Jon Lee había hablado con un miembro de la familia de Pinochet que le dijo que el general estaba en Inglaterra recuperándose de una operación. No hablé con Pinochet, pero lo hice con otros miembros de su familia y de su entorno y pude determinar que Pinochet todavía estaría en Inglaterra cuando el artículo apareciera publicado. En el texto se hablaba de la investigación del juez Baltasar Garzón y de su orden de arresto por violaciones de los derechos humanos. Pocos días después de su publicación, Garzón logró que arrestaran a Pinochet. Estoy seguro de que el familiar que nos habló no estaba nada contento con el resultado de su indiscreción, pero ¿cómo podía ser tan estúpido para pensar que Jon Lee, el autor de una biografía de
Che Guevara, podía escribir un artículo positivo sobre Pinochet?
Otro artículo de Jon Lee, que corregí hace unos años, era sobre el período que vino después de la guerra civil en Liberia, un país fundado por ex esclavos americanos. El presidente de Liberia, Charles Taylor, que ahora está exiliado pero sigue teniendo mucha influencia en el país, aceptó hablar conmigo por teléfono. Me dijo que sí que era verdad que él mismo había matado a varias personas, pero que había sido durante una guerra civil. También me aseguró que le había pegado un tiro en la rodilla a su rival y lo había quemado vivo, una escena que fue transmitida por la televisión en directo. Me explicó que lo había hecho solamente para mandar un mensaje a sus opositores. Me sorprendió cuando me dijo: “Andy, me parece muy ofensivo el uso de la palabra “warlord” (comandante en jefe militar) porque tiene connotaciones negativas”.
Lo más vergonzoso que me ha pasado desde que trabajo en la revista fue corrigiendo un artículo de Jon Lee sobre Gabriel García Márquez. Ahora sé que a Gabo no le gustó el artículo porque hablaba de todas sus casas y de su vida de jet-set.
Pero la persona a quien debo pedir disculpas no es él sino a su mujer. Gabo había estado enfermo y pasó un tiempo en el hospital. En Internet empezó a circular el rumor de que había muerto. El redactor jefe de la revista, David Remnick, conoció el rumor y me preguntó si era verdad. Yo no tenía ni idea. Me pidió que llamara a la mujer de Gabo, que estaba en Colombia (él estaba en México), para preguntarle si era cierto. Con pocas ganas, la llamé. Se puso frenética porque tampoco sabía si el rumor era correcto. Por suerte, Gabo estaba vivo, pero nos costó mucho que sus familiares volvieran a hablarnos después de esa metedura de pata.
Hablaré un poco del uso del Internet en mi trabajo. Por supuesto una persona puede mentir o repetir un rumor a uno de nuestros periodistas, pero esas mentiras y esos rumores son inmortales en Internet. Los archivos electrónicos de artículos son sumamente útiles y es esencial poder encontrar ensayos y discusiones de cualquier tema, desde el Kick boxing Thai hasta la literatura medieval española. Antes de Internet, no sé cómo la gente que hacía este trabajo podía encontrar rápidamente la información que necesitaba; pero, en el fondo, es lo que hace que mi trabajo sea interesante, y muchas veces lo es, aunque no siempre. Les puedo asegurar que verificar la ortografía de los nombres no es lo más divertido del mundo. Es más interesante la posibilidad de comunicar con la gente de una forma civilizada. Eso hace que este trabajo sea una parte importante del periodismo mismo.
Ya que hoy murió Pinochet aquí aparece un poco de trivia para que sepan cómo fue que Baltarzar Garzón logró que lo detuvieran en Londres. ¡Enjoy!
EL PROCESO DE VERIFICACIÓN EN THE NEW YORKER
Por Andy Young
Me gustaría describir un poco la revista donde trabajo. The New Yorker acaba de cumplir 86 años y es, para bien o para mal, la revista semanal más importante de Estados Unidos. Fue concebida en los años 20 como revista humorística y como crónica de la ciudad de Nueva York en la época del Jazz. Publicaba artículos de autores humorísticos como Dorothy Parker, Robert Benchley, AJ Liebling, y James Thurber.
El tono de la revista cambió durante y después de la segunda Guerra Mundial.En el año 1946, publicó, en varias entregas, Hiroshima de John Hersey, una obra seminal sobre los efectos de las bombas nucleares en la población de Japón. Esta obra también ayudó a crear el tono de la revista –una actitud de perplejidad, a veces exagerada, hacia el Gobierno de Washington, y un sentido de que esa ciudad está poblada por gente que no saber pensar. Ese tono no ha cambiado mucho a través de los años.
En las décadas de los 50 y 60 la revista también empezó a ser reconocida – y todavía lo es – por los cuentos que publicaba cada semana. El New Yorker ha publicado a Philip Roth, John Updike, John Cheever, Nabokov, Borges, James Baldwin, y JD Salinger, el autor tal vez más asociado con el estilo de la revista.
En esos años también publicó In Cold Blood (A sangre fría) de Truman Capote y Silent Spring (Primavera silenciosa) de Rachel Carson, dos obras que cambiaron la manera en la que se escribe la “no ficción” y que, en el caso de Rachel Carson, facilitaron el desarrollo del movimiento ecologista en Estados Unidos. Más adelante, publicó a autores como Seymour Hersh, Joan Didion, Janet Malcolm, Raymond Carver, y Adam Gopnik. En los últimos años, la situación ha vuelto a cambiar. Ha terminado la época en la que se podían dedicar 20.000 palabras al ciclo vital del trigo. Tampoco creo que el futuro nos ofrecerá otro artículo sobre la vida cotidiana de una dominatrix de lujo o una estrella del cine porno. Los autores de cuentos que la revista publica son más internacionales -pueden servir como ejemplo Haruki Murakami,
Zadie Smith, y José Saramago-. Desde el 11 de septiembre de 2001, la revista, como todo el país –o por lo menos eso espero— se ha vuelto más sensible a los temas y acontecimientos internacionales.
Mirando en los archivos, encontré solamente tres o cuatro artículos sobre España antes de los atentados de Madrid en 2004. Un artículo sobre la carestía de los comestibles después de la segunda guerra, dos sobre procesiones religiosas y la cocina española, y un artículo de Jon Lee Anderson, a quien todos aquí conocemos bien, donde realiza un retrato del Rey Juan Carlos. Desde 2003 he corregido dos artículos sobre España, uno de Jon Lee, sobre el movimiento vasco, y otro de Larry Wright sobre las investigaciones realizadas después del 11 de marzo. Me fijé en los archivos – de una manera poco sistemática, debo admitir— para recordar los artículos que he corregido desde el 11 de septiembre, y encontré por lo menos ocho rtículos largos sobre Afganistán, diez más o menos sobre Irak e Irán, y demasiados
artículos para contar sobre las mentiras y las excusas del Gobierno para racionalizar sus guerras y las torturas en Abu Ghraib y Guantánamo.
Ahora quiero empezar a explicar los procedimientos de fact checking o verificación de datos en The New Yorker. La revista toma muy en serio este proceso, más en serio que otras revistas. Es un proceso que prácticamente no se realiza en los periódicos o en las editoriales literarias. En realidad es un lujo que se ofrece a nuestros autores, pero, a fin de cuentas, sirve para proteger a la revista de litigios por difamación y de la publicación de errores vergonzosos, como por ejemplo un artículo en el cual se decía que Jackson Pollock había asistido a una cena en 1970, catorce años después de su muerte. Este es un ejemplo real de un artículo que yo revisé. La verificación de datos ayuda a cruzar la línea, a veces poco clara, entre la realidad y la ficción. Los escándalos recientes de Jayson Blair y Judith Miller en el New York Times,
y de James Frey, el autor de las memorias A Million Little Pieces (traducido en España como En mil pedazos), que —ahora que sabemos que contenían una porción alta de invención— han demostrado la utilidad de la verificación. En New Yorker hay 16 fact checkers – un número inferior al de correctores de manuscrito o copy editors, pero superior al número de verificadores de otras revistas.
Algunos de mis colegas son jóvenes, recién licenciados; otros realizan este trabajo desde antes de que yo naciera. La sección tiene un director, que antes fue verificador, que también escribe artículos para otras publicaciones. Él resuelve los problemas complicados que surgen y se ocupa de entrevistar y contratar a nuevos empleados. Tiene dos delegados que se encargan del flujo de artículos y de otros asuntos de organización. Todo lo que se publica en la revista es verificado, incluso las historietas gráficas, las portadas, los poemas, los cuentos, las reseñas de arte y, por supuesto, los artículos periodísticos.
Una vez, verifiqué un poema que describía una laguna en Puerto Rico que estaba iluminada por la luz de ciertos animales fosforescentes. No me acuerdo cómo se llamaban, pero descubrí en mis investigaciones que el poeta no sabía nada de estos animales ni tampoco de cómo producían su fosforescencia. Había inventado términos científicos para describir lo que él había visto, detalles que hubieran parecido ridículos a cualquier lector con un conocimiento básico de biología. Tuve que explicar todo esto al editor. Desgraciadamente eliminaron el poema. El poema era bueno, pero la falta de un sentido básico de la ciencia lo sacó de la revista. Nunca más he querido verificar poemas por el terror de torturar a los pobres poetas.
Al poco tiempo de mi llegada a la revista, verifiqué un artículo escrito por el novelista Jeffrey Eugenides sobre un antropólogo, un sexólogo que estudiaba a los hermafroditas en la selva de Papúa Nueva Guinea. Eugenides decía que los pájaros y los monos de la selva no habían dejado dormir al sexólogo. Yo pensé: “¡Claro! Eso me parece muy lógico”. Unas semanas después me llegó una carta de un primatólogo jubilado. Los especialistas en temas raros, especialmente los especialistas jubilados, son los enemigos de los fact checkers. El primatólogo insistía que teníamos que publicar una corrección porque resulta que no hay monos en la selva de Papúa Nueva Guinea. Pensé: “¿qué importa?”. Se lo dije al director de la sección, pero él me explicó muy seriamente que sí era importante y que yo tenía que haber averiguado si había monos en Nueva Guinea. Si no los había, debería haber ofrecido al autor la opción de reemplazar los monos por otro animal indígena. ¿A lo mejor lo que arruinaba el sueño del sexólogo era el ruido de pájaros e insectos? Dos semanas más tarde llegó otra carta del primatólogo, donde mostraba un estado de pánico. Resulta que había investigado el tema, y que, a causa de la despoblación forestal y el desplazamiento de las poblaciones de monos, ahora sí había monos en la selva de Papúa Nueva Guinea. Por primera y última vez, celebré la destrucción de las selvas prístinas y empecé a tener dudas sobre la carrera que había elegido.
Estos son ejemplos triviales de lo que hacemos, pero indican el nivel de precisión y de detalle que se espera de los fact checkers. No importa si el artículo es sobre un episodio de la vida de la esposa del Marqués de Sade (en ese caso, por lo menos no hay peligro de litigio), o si es un artículo que podría afectar la política del Gobierno, como la serie que publicamos sobre los abusos en Abu Ghraib. Un aspecto del trabajo que todos apreciamos es que cada semana acaba siendo como un curso intensivo sobre cosas como la historia de los Marsh Arabs (árabes del pantano) en el sur de Irak o sobre la vida política de Hugo Chávez, Augusto Pinochet o sobre la lengua indígena Eyak, un idioma casi olvidado que sólo habla una señora anciana en Alaska.
Cuando un artículo es aceptado por los editores, lo mandan al director de los fact checkers que nos lo pasa. Muchas veces, la selección de verificador depende de los intereses o de la preparación o especialización de cada uno. Por ejemplo, a mí casi nunca me escogen para corregir artículos sobre economía, sobre deportes o artículos que requieren un conocimiento del alemán o el francés. Muchas veces me escogen para corregir artículos sobre artistas o cualquiera que requiera pelear con la gente de la Casa Blanca. Cuando me mandan un artículo, lo leo rápido la primera vez. Una de las ventajas de tener muchos empleados es que si un artículo realmente no me interesa, puedo decírselo al director y pasárselo a otra persona. Después de leerlo, generalmente llamo al autor y al editor para preguntarles si piensan que el artículo está listo y terminado o si creen que todavía pasará por muchos cambios o si el periodista todavía está entrevistando sus fuentes. Lo más importante es hablar con el autor del artículo sobre sus fuentes. Si el artículo es sobre una nueva biografía de García Lorca, las fuentes son bastante obvias: otras biografías, las obras de García
Lorca, su correspondencia, etcétera. En ese caso, es posible que no tenga que hacer ninguna llamada. Si el artículo habla de cómo el Ministerio de Defensa falsificó la información sobre las supuestas armas de destrucción masiva y engañó a las Naciones Unidas y al mundo entero para justificar una guerra contra Irak (éste fue el tema de un artículo de Seymour Hersh que yo verifiqué) el proceso es mucho más complicado. Hay que llamar a agentes de la CIA, a los representantes del ministerio, a funcionarios importantes en la Casa Blanca, etcétera. En este caso, tuve que crear listas muy largas de preguntas basadas en la información que se revelaba en el artículo y las mandé a todas esas personas. Se trata de preguntas muy específicas que deben parecer cómicas a las personas que las reciben; en realidad, creo que más bien las encuentran irritantes, porque son personas muy ocupadas que no tienen ganas de perder el
tiempo contestando mis listas de preguntas. En el caso del artículo de Seymour Hersh, las preguntas iban desde qué despacho es el que está al lado del de una persona o si otra persona estudió con un determinado profesor en los años sesenta en la Universidad de Chicago. También hay preguntas más complicadas como, por ejemplo, ¿es verdad que los pocos empleados top secret de la Oficina de Planes Especiales en el Ministerio de Defensa se autodenominan “la cábala”? En algunas ocasiones es necesario verificar conversaciones que han sido relatadas por terceras personas que no intervinieron directamente. Por ejemplo, un senador explicó a un periodista lo que el Presidente le contó sobre un asunto. Entonces, acudimos a la oficina del Presidente para preguntarle si recordaba la conversación como la había contado el senador. Muchas veces, las versiones no coinciden y hay que modificar el texto para que aparezca la conversación en el artículo.
Una parte importante del proceso de verificación de un artículo de este tipo es poder valorar si se puede confiar en las fuentes del periodista. Para hacerlo, debemos preguntarnos: ¿Quién es esta persona? ¿Tiene acceso a esa información? ¿Cuáles son sus motivos para hablar de estos temas con un periodista? Yo siempre sé la identidad de las fuentes secretas del periodista, aunque no se publiquen sus nombres y aparezcan como “un ex oficial de la CIA” o “una fuente de la Casa Blanca”. A veces, cuando hablo con una fuente, me doy cuenta de que esa persona no es completamente fiable. En algunos casos, sus motivos y prejuicios resultan demasiado evidentes, su versión de los hechos es demasiado vaga, parece que está mintiendo o la historia que me cuenta no está de acuerdo con lo que dicen otras fuentes.
Esto es lo que pasó en los meses antes de la Guerra de Irak con los artículos de Judith Miller para el New York Times. Judith Miller tenía acceso a personas con información sobre las armas de destrucción masiva, personas que formaban parte o tenían vínculos muy estrechos con los niveles más altos del Gobierno. Sus artículos comenzaron a generar temor en el público porque decían que Irak estaba preparando la construcción de armas nucleares. Colin Powell hizo referencias a la información de los artículos de Miller en su declaración ante el Consejo de Seguridad de la ONU antes del inicio de la guerra. No puedo decir con seguridad que esos artículos no habrían sido publicados en The New Yorker. Muy posiblemente habrían sido publi-
cados, pero solamente después de haber sido verificado por alguien como yo. Para hacerlo, habríamos hablado con sus fuentes y hecho todo lo posible para saber los nombres de todas las personas con quien ella había hablado y si era verdad que tenían acceso a la información que decían tener. En el mejor de los casos, habríamos hablado con sus fuentes después de haber leído las notas de sus entrevistas. Aunque no siempre es posible conseguir estas notas, nuestros periodistas saben que es una parte importante del proceso. No es algo que pasemos sin mucha discusión previa. También saben que tenemos la política de llamar a todas las fuentes. A veces, las fuentes se resisten a dedicar tiempo para hablar por teléfono conmigo. Les digo que si Hugo Chávez estuvo dispuesto a dedicarme media hora, ellos –directores de museos, funcionarios menores, etcétera– también lo pueden hacer.
Cuando nos mandan un artículo que parece dudoso – y a veces pasa—, por lo general no se publica en seguida. Se dedican varias semanas y se pide que el autor que realice más investigaciones en las que nosotros le ayudamos. En el caso de las fotos de las torturas y humillaciones en Abu Ghraib, Seymour Hersh –el periodista que reveló la noticia— tenía un CD con reproducciones de las fotos. En ese caso, nos pareció que las fotos bastaban para publicar un artículo sobre los abusos donde aparecieron varias imágenes. No puedo decir cómo el señor Hersh obtuvo esas fotos, pero sí puedo decir que lo primero que hicimos fue determinar si eran auténticas.
Más tarde aparecieron fotos falsas en Inglaterra, por ejemplo. Nosotros pudimos determinar que eran auténticas, que fueron tomadas en Abu Ghraib y, hasta cierto punto, confirmamos la identidad de las personas que aparecían en las fotos. La revista esperó una semana para publicar el artículo y así nuestros abogados tuvieron tiempo para revisarlo y nosotros para asegurarnos de que lo que decíamos era correcto.
Hace unos años, trabajé con Jon Lee Anderson en un artículo sobre Augusto Pinochet. Jon Lee había hablado con un miembro de la familia de Pinochet que le dijo que el general estaba en Inglaterra recuperándose de una operación. No hablé con Pinochet, pero lo hice con otros miembros de su familia y de su entorno y pude determinar que Pinochet todavía estaría en Inglaterra cuando el artículo apareciera publicado. En el texto se hablaba de la investigación del juez Baltasar Garzón y de su orden de arresto por violaciones de los derechos humanos. Pocos días después de su publicación, Garzón logró que arrestaran a Pinochet. Estoy seguro de que el familiar que nos habló no estaba nada contento con el resultado de su indiscreción, pero ¿cómo podía ser tan estúpido para pensar que Jon Lee, el autor de una biografía de
Che Guevara, podía escribir un artículo positivo sobre Pinochet?
Otro artículo de Jon Lee, que corregí hace unos años, era sobre el período que vino después de la guerra civil en Liberia, un país fundado por ex esclavos americanos. El presidente de Liberia, Charles Taylor, que ahora está exiliado pero sigue teniendo mucha influencia en el país, aceptó hablar conmigo por teléfono. Me dijo que sí que era verdad que él mismo había matado a varias personas, pero que había sido durante una guerra civil. También me aseguró que le había pegado un tiro en la rodilla a su rival y lo había quemado vivo, una escena que fue transmitida por la televisión en directo. Me explicó que lo había hecho solamente para mandar un mensaje a sus opositores. Me sorprendió cuando me dijo: “Andy, me parece muy ofensivo el uso de la palabra “warlord” (comandante en jefe militar) porque tiene connotaciones negativas”.
Lo más vergonzoso que me ha pasado desde que trabajo en la revista fue corrigiendo un artículo de Jon Lee sobre Gabriel García Márquez. Ahora sé que a Gabo no le gustó el artículo porque hablaba de todas sus casas y de su vida de jet-set.
Pero la persona a quien debo pedir disculpas no es él sino a su mujer. Gabo había estado enfermo y pasó un tiempo en el hospital. En Internet empezó a circular el rumor de que había muerto. El redactor jefe de la revista, David Remnick, conoció el rumor y me preguntó si era verdad. Yo no tenía ni idea. Me pidió que llamara a la mujer de Gabo, que estaba en Colombia (él estaba en México), para preguntarle si era cierto. Con pocas ganas, la llamé. Se puso frenética porque tampoco sabía si el rumor era correcto. Por suerte, Gabo estaba vivo, pero nos costó mucho que sus familiares volvieran a hablarnos después de esa metedura de pata.
Hablaré un poco del uso del Internet en mi trabajo. Por supuesto una persona puede mentir o repetir un rumor a uno de nuestros periodistas, pero esas mentiras y esos rumores son inmortales en Internet. Los archivos electrónicos de artículos son sumamente útiles y es esencial poder encontrar ensayos y discusiones de cualquier tema, desde el Kick boxing Thai hasta la literatura medieval española. Antes de Internet, no sé cómo la gente que hacía este trabajo podía encontrar rápidamente la información que necesitaba; pero, en el fondo, es lo que hace que mi trabajo sea interesante, y muchas veces lo es, aunque no siempre. Les puedo asegurar que verificar la ortografía de los nombres no es lo más divertido del mundo. Es más interesante la posibilidad de comunicar con la gente de una forma civilizada. Eso hace que este trabajo sea una parte importante del periodismo mismo.
viernes, diciembre 01, 2006
Comunicado de prensa:
Diputada Pacheco ante últimas cifras de desocupación de la comuna:
“Hay que acelerar implementación de Plan Especial de Tomé”
La pronta implementación del Plan Especial para disminuir las preocupantes cifras de cesantía que registra Tomé, solicitó este viernes la diputada socialista Clemira Pacheco, tras conocer la última medición del INE que muestra un 15,1 por ciento de desocupación en dicha comuna.
“Creo que el gobierno tiene que acelerar la puesta en marcha de este plan que debe partir el 2007, y que si bien es insuficiente, es un primer paso para avanzar en la solución del grave problema que aqueja a los tomecinos”, dijo la parlamentaria.
Sin embargo, en su opinión Tomé y otras comunas de la región que viven situaciones de desempleo estructural, deben ser objeto de medidas más de fondo por parte del Estado.
“Considero que el Estado debiera asumir su rol subsidiario y desarrollar un plan más integral orientado a trabajar de manera sostenida para sacar de la cesantía a Tomé”. Esto implica, agregó, una labor conjunta entre las autoridades regionales, las comunales, la empresa privada y la ciudadanía para impulsar un plan de desarrollo comunal que considere aspectos como la educación, la formación especializada, la infraestructura y la conectividad. Todo esto para fomentar y desarrollar aquellas actividades que la propia comunidad decida y para las cuales la comuna tenga potenciales, como el turismo, explicó la diputada Pacheco.
La parlamentaria precisó que ha planteado este tema a algunas personas del gobierno, sin embargo reconoció que hasta ahora sólo le han contestado que no se puede. “Pero la presidenta tiene atribuciones amplias y por vía de un decreto, que no requiere ninguna instancia legislativa, podría impulsar una iniciativa como ésta, no sólo para Tomé, sino para otras comunas de la región deprimidas y con problemas estructurales”, planteó.
Agregó que también interesa un papel más activo de las autoridades regionales para llevar adelante iniciativas de este tipo y que las autoridades comunales, en un trabajo con los ciudadanos, tengan claro qué tipo de desarrollo quieren para sus comunas. Al gobierno central le correspondería, precisó, implementar las inversiones públicas necesarias y establecer incentivos para que los empresarios decidan instalarse en la zona.
“Más que las cifras mismas de cesantía en Tomé, que de por sí son preocupantes, lo que debemos preguntarnos es qué hacemos con ellas y ahí veo que es necesaria la participación del gobierno central, de las autoridades regionales, de las comunales y la ciudadanía en su conjunto, de otra forma cualquier cosa que se haga sólo será un paliativo”, recalcó finalmente la diputada Pacheco.
Comunicado de prensa del senador Alejandro Navarro. Lunes 4 de diciembre 2006.
Senador Navarro se entrevistará con el Ministro del Trabajo Osvaldo Andrade:
“Tomé no aguanta más esta situación crítica de cesantía”
Su inquietud y preocupación por la situación de desempleo que afecta a la
comuna de Tomé, especialmente luego de conocer el resultado del último
levantamiento realizado por el INE Regional para el trimestre agosto -
octubre de este año, que ubica a esa comuna en el primer lugar regional y
nacional de cesantía con más de 3 mil personas -un 15,1%- sin trabajo,
manifestó el senador Alejandro Navarro quien dijo que espera reunirse en
las próximas horas con el Ministro del Trabajo Osvaldo Andrade, para
analizar la posibilidad de incrementar el número de cupos de empleos de
emergencia.
El parlamentario dijo que “es evidente que existe una situación
estructural, donde confluyen distintos factores que generan el actual
cuadro de desocupación, pero sin duda, la realidad cotidiana que viven
esos mil 120 hombres y mil 890 mujeres, muchas de ellas jefas de hogar,
que no pueden ganarse la vida de manera digna y decente para ayudar al
sustento de sus familias, es un dato duro de la realidad, que golpea más
allá de las cifras y nos demanda atención especial. De hecho, la cesantía
de Tomé supera a la de Lota , Coronel y Talcahuano, comunas que han sido
objetos de planes especiales para enfrentar esa situación”.
Navarro señaló que “sabemos que la Presidenta Bachelet ha instruido a
distintos ministerios y servicios para estructurar un plan especial de
apoyo a esta comuna. Sin embargo, es inevitable que los tiempos y las
urgencias de quienes no tienen trabajo no coinciden con los plazos para
la puesta en marcha de muchos de los compromisos gubernamentales. En ese
contexto, y más allá de los anuncios hechos le estamos solicitando a
Trabajor pueda ampliarse el número de cupos en el programa de empleos de
emergencia destinados a Tomé, como una manera temporal de enfrentar la
necesidad de muchos de sus habitantes”.
El legislador del PS indicó que “en la región, las cifras sobre fuerza de
trabajo, exportaciones, producción industrial y actividad económica
regional se han incrementado positivamente en este último trimestre, sin
embargo, en este mismo período, en Tomé l fuerza de trabajo disminuyó en
340 empleos, equivalente a un 2% respecto del trimestre anterior, en que
la fuerza de trabajo había disminuido en 330 personas, equivalentes a un
1,6% del total. De esta forma, Tomé se ubica 4,3% por sobre la tasa de
desocupación de la Provincia de Concepción, que alcanzó al 10,8%, y 5,8%
por sobre la tasa regional de cesantía, que llegó a 9,3%”.
El parlamentario dijo que “tenemos plena conciencia que el Ministerio del
Trabajo, al igual que el conjunto del gabinete de la Presidenta Bachelet,
tiene entre sus prioridades buscar soluciones para enfrentar el desempleo
y sus consecuencias. Por eso, es que le hemos transmitido la preocupación
de las autoridades y de los habitantes de la comuna de Tomé, sobre su
actual situación, sabiendo que encontraremos respuesta a las demandas que
el futuro de esta comuna requiere con urgencia”.
Finalmente Navarro indicó que “esperamos tener pronto novedades para la
gente de Tomé, porque la actual situación crítica que se vive debido a
esta alta cesantía que la ubica por sobre Lota, Coronel, Talcahuano,
Chillán, Vallenar y Arica, no es posible resistirla por mucho tiempo. No
creo que tenga que producirse una manifestación masiva frente a la
Intendencia, ni que deban existir marchas o huelgas de hambre para que el
gobierno atienda este grave problema. Estamos haciendo gestiones para que
eso sea así y confiamos en que obtendremos una respuesta positiva”.
Diputada Pacheco ante últimas cifras de desocupación de la comuna:
“Hay que acelerar implementación de Plan Especial de Tomé”
La pronta implementación del Plan Especial para disminuir las preocupantes cifras de cesantía que registra Tomé, solicitó este viernes la diputada socialista Clemira Pacheco, tras conocer la última medición del INE que muestra un 15,1 por ciento de desocupación en dicha comuna.
“Creo que el gobierno tiene que acelerar la puesta en marcha de este plan que debe partir el 2007, y que si bien es insuficiente, es un primer paso para avanzar en la solución del grave problema que aqueja a los tomecinos”, dijo la parlamentaria.
Sin embargo, en su opinión Tomé y otras comunas de la región que viven situaciones de desempleo estructural, deben ser objeto de medidas más de fondo por parte del Estado.
“Considero que el Estado debiera asumir su rol subsidiario y desarrollar un plan más integral orientado a trabajar de manera sostenida para sacar de la cesantía a Tomé”. Esto implica, agregó, una labor conjunta entre las autoridades regionales, las comunales, la empresa privada y la ciudadanía para impulsar un plan de desarrollo comunal que considere aspectos como la educación, la formación especializada, la infraestructura y la conectividad. Todo esto para fomentar y desarrollar aquellas actividades que la propia comunidad decida y para las cuales la comuna tenga potenciales, como el turismo, explicó la diputada Pacheco.
La parlamentaria precisó que ha planteado este tema a algunas personas del gobierno, sin embargo reconoció que hasta ahora sólo le han contestado que no se puede. “Pero la presidenta tiene atribuciones amplias y por vía de un decreto, que no requiere ninguna instancia legislativa, podría impulsar una iniciativa como ésta, no sólo para Tomé, sino para otras comunas de la región deprimidas y con problemas estructurales”, planteó.
Agregó que también interesa un papel más activo de las autoridades regionales para llevar adelante iniciativas de este tipo y que las autoridades comunales, en un trabajo con los ciudadanos, tengan claro qué tipo de desarrollo quieren para sus comunas. Al gobierno central le correspondería, precisó, implementar las inversiones públicas necesarias y establecer incentivos para que los empresarios decidan instalarse en la zona.
“Más que las cifras mismas de cesantía en Tomé, que de por sí son preocupantes, lo que debemos preguntarnos es qué hacemos con ellas y ahí veo que es necesaria la participación del gobierno central, de las autoridades regionales, de las comunales y la ciudadanía en su conjunto, de otra forma cualquier cosa que se haga sólo será un paliativo”, recalcó finalmente la diputada Pacheco.
Comunicado de prensa del senador Alejandro Navarro. Lunes 4 de diciembre 2006.
Senador Navarro se entrevistará con el Ministro del Trabajo Osvaldo Andrade:
“Tomé no aguanta más esta situación crítica de cesantía”
Su inquietud y preocupación por la situación de desempleo que afecta a la
comuna de Tomé, especialmente luego de conocer el resultado del último
levantamiento realizado por el INE Regional para el trimestre agosto -
octubre de este año, que ubica a esa comuna en el primer lugar regional y
nacional de cesantía con más de 3 mil personas -un 15,1%- sin trabajo,
manifestó el senador Alejandro Navarro quien dijo que espera reunirse en
las próximas horas con el Ministro del Trabajo Osvaldo Andrade, para
analizar la posibilidad de incrementar el número de cupos de empleos de
emergencia.
El parlamentario dijo que “es evidente que existe una situación
estructural, donde confluyen distintos factores que generan el actual
cuadro de desocupación, pero sin duda, la realidad cotidiana que viven
esos mil 120 hombres y mil 890 mujeres, muchas de ellas jefas de hogar,
que no pueden ganarse la vida de manera digna y decente para ayudar al
sustento de sus familias, es un dato duro de la realidad, que golpea más
allá de las cifras y nos demanda atención especial. De hecho, la cesantía
de Tomé supera a la de Lota , Coronel y Talcahuano, comunas que han sido
objetos de planes especiales para enfrentar esa situación”.
Navarro señaló que “sabemos que la Presidenta Bachelet ha instruido a
distintos ministerios y servicios para estructurar un plan especial de
apoyo a esta comuna. Sin embargo, es inevitable que los tiempos y las
urgencias de quienes no tienen trabajo no coinciden con los plazos para
la puesta en marcha de muchos de los compromisos gubernamentales. En ese
contexto, y más allá de los anuncios hechos le estamos solicitando a
Trabajor pueda ampliarse el número de cupos en el programa de empleos de
emergencia destinados a Tomé, como una manera temporal de enfrentar la
necesidad de muchos de sus habitantes”.
El legislador del PS indicó que “en la región, las cifras sobre fuerza de
trabajo, exportaciones, producción industrial y actividad económica
regional se han incrementado positivamente en este último trimestre, sin
embargo, en este mismo período, en Tomé l fuerza de trabajo disminuyó en
340 empleos, equivalente a un 2% respecto del trimestre anterior, en que
la fuerza de trabajo había disminuido en 330 personas, equivalentes a un
1,6% del total. De esta forma, Tomé se ubica 4,3% por sobre la tasa de
desocupación de la Provincia de Concepción, que alcanzó al 10,8%, y 5,8%
por sobre la tasa regional de cesantía, que llegó a 9,3%”.
El parlamentario dijo que “tenemos plena conciencia que el Ministerio del
Trabajo, al igual que el conjunto del gabinete de la Presidenta Bachelet,
tiene entre sus prioridades buscar soluciones para enfrentar el desempleo
y sus consecuencias. Por eso, es que le hemos transmitido la preocupación
de las autoridades y de los habitantes de la comuna de Tomé, sobre su
actual situación, sabiendo que encontraremos respuesta a las demandas que
el futuro de esta comuna requiere con urgencia”.
Finalmente Navarro indicó que “esperamos tener pronto novedades para la
gente de Tomé, porque la actual situación crítica que se vive debido a
esta alta cesantía que la ubica por sobre Lota, Coronel, Talcahuano,
Chillán, Vallenar y Arica, no es posible resistirla por mucho tiempo. No
creo que tenga que producirse una manifestación masiva frente a la
Intendencia, ni que deban existir marchas o huelgas de hambre para que el
gobierno atienda este grave problema. Estamos haciendo gestiones para que
eso sea así y confiamos en que obtendremos una respuesta positiva”.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)