En entrevista con Tomé al Día, el director ejecutivo de la Fundación El Árbol, Milton Neira, detalla las dos áreas de trabajo de la organización con base en Concepción, basura cero y restauración de ecosistemas, advierte sobre el colapso de los rellenos sanitarios del Gran Concepción y llama a un modelo de desarrollo que mida bienestar y resiliencia climática, no solo crecimiento económico.
Milton Neira Bustos, gestor de proyectos sociales y ambientales con casi dos décadas de trayectoria, dirige la Fundación El Árbol, organización socioambiental nacida jurídicamente en 2013 en Concepción. Su propósito central es equilibrar la relación entre las personas, la sociedad y la naturaleza, fortaleciendo la resiliencia de ciudades, localidades y comunidades golpeadas por la crisis ambiental.
La entidad articula su trabajo en dos ejes principales. El área de basura cero apunta a reducir la generación de residuos y a gestionarlos de forma más eficaz, con especial énfasis en plásticos y orgánicos mediante compostaje comunitario. El área de ecosistema se orienta a la restauración a escala de paisaje, entendiendo que la regeneración ambiental debe ser también social y colectiva. Ambos ejes se cruzan con un enfoque de economía regenerativa.
La fundación surgió al constatar que Concepción, pese a su tamaño y escala humana, mostraba escasa relación con el reciclaje y que quienes lo practicaban —los recicladores de base— lo hacían en condiciones precarias. Desde entonces, El Árbol ha trabajado en dignificar ese rol y en convocar a la ciudadanía a asumir hábitos más sostenibles, más allá de culpar al sistema.
Neira es crítico con los números actuales: en Chile no se recicla más del 10 % de lo generado y se sigue produciendo material nuevo. Aunque el reciclaje sigue siendo urgente, insiste en que es insuficiente si no se cuestiona el modelo lineal de extracción, producción, consumo y desecho. Los esquemas de basura cero, afirma, son una filosofía de vida que genera impactos sociales, ambientales y económicos, pero requieren regulación legal y cambios en la producción.
El problema de los residuos, explica, comienza cuando las personas depositan sus desechos en una bolsa negra, la cierran y olvidan la cadena completa. En el Gran Concepción los rellenos sanitarios están al límite y muchas comunas pagan altos costos logísticos por trasladar basura a otros territorios. Separar los orgánicos en origen, sostiene, permitiría en dos décadas reducir emisiones de metano y devolver nutrientes a la tierra en lugar de generar contaminación anaeróbica.
El director de El Árbol propone entender los territorios como sistemas socioecológicos complejos, donde conviven comunidades, sistemas naturales, políticos y administrativos. Solo dialogando y valorando las necesidades de todos los actores —incluida la naturaleza— se podrá decidir el uso más justo de los espacios con capital natural. Critica los modelos de desarrollo centrados en el PIB y el crecimiento, que no miden desarrollo humano, felicidad ni resiliencia climática.
Entre las amenazas actuales menciona la expansión de proyectos extractivos de tierras raras y la distribución eléctrica en zonas como Penco y comunas periurbanas (Hualqui, Florida, Santa Juana, Nacimiento), donde existen saberes agroecológicos valiosos para la adaptación al cambio climático. También señala los grandes paños forestales de monocultivo como factor histórico de incendios voraces por falta de diversidad y de planificación que alterne espacios de conservación y restauración.
Para Neira, la restauración ecológica exige más que reforestar: control de especies invasoras, riego, gobernanza ciudadana permanente y corredores biológicos que conecten ecosistemas urbanos y periurbanos. Advierte que muchos predios forestales privados quedan abandonados y que falta voluntad para un modelo de desarrollo que ponga en valor el capital natural de Chile. A escala local, la articulación social y comunitaria es clave; a escala país y región, urge medir bienestar y capacidad de adaptación, porque la participación ciudadana actual no es vinculante y el centralismo limita las decisiones territoriales.