miércoles, abril 22, 2026

Editorial: Costanera de Tomé y la promesa de una ciudad turística


Inauguración de la Costanera el 26 de julio de 2018


Uno de los clichés más repetidos en la comuna de Tomé es que se trata de una "ciudad turística", y algunos van más allá proclamándola como la "capital turística del Biobío". Es una aspiración legítima. El problema es que, por ahora, se queda demasiado en el terreno de la declaración.

Tomé tiene, sin duda, atractivos paisajísticos de primer nivel. La bahía de Concepción se abre frente a ella con generosidad, con la isla Quiriquina como telón de fondo. Más al norte, la pequeña y recogida bahía de Coliumo ofrece playas de arena fina y una calma que pocas localidades costeras de la región pueden igualar. Son recursos naturales envidiables, del tipo que otras ciudades del mundo han sabido convertir en motores económicos reales.

Sin embargo, el entorno urbano que acompaña a esas riquezas naturales aporta bien poco. Las brechas en infraestructura, servicios turísticos y conectividad siguen siendo evidentes para cualquier visitante que llegue con expectativas razonables. No basta con tener un paisaje hermoso si el acceso a ese paisaje es deficiente, si no hay señalética adecuada, si los espacios públicos costeros están abandonados o incompletos.

El esfuerzo público de la década pasada no fue menor. La construcción de la Costanera en Bellavista, inaugurada en 2018 y que se extiende hasta la caleta de Quichiuto, representó una inversión importante y visible: enrocados de protección del oleaje, ciclovía, paseo peatonal, juegos infantiles. Es un tramo que funciona, que la gente usa, y que demuestra lo que Tomé puede ser cuando existe voluntad política y recursos.

Pero ese avance se detiene justo donde más se necesita. El tramo más céntrico de la ciudad permanece sin intervención, y de las etapas tercera y cuarta de la costanera no hay noticias concretas. En 2022, la entonces alcaldesa Ivonne Rivas describía una tercera etapa que conectaría la playa de Bellavista con el túnel ferroviario de Punta de Parra, mientras que una cuarta etapa mejoraría el sector desde la caleta Quichiuto hasta la explanada del vagón. Eran anuncios razonables. Lo preocupante es que hoy siguen siendo solo anuncios.

Completar el borde costero de Tomé no es un capricho estético ni un lujo prescindible. Es una inversión con retorno directo en empleo local, en beneficio económico hacia el comercio y la gastronomía, en posicionamiento regional. Un paseo costero continuo, bien diseñado, con iluminación, áreas de descanso y acceso a las playas, transforma la experiencia del visitante y, lo que es igualmente importante, mejora la calidad de vida de los propios habitantes de la ciudad.

La Región del Biobío tiene en Tomé una oportunidad concreta de desarrollar un polo turístico costero que hoy no existe en la zona. Pero las oportunidades no se consolidan solas. Requieren decisiones, financiamiento y plazos. Requieren que las autoridades regionales y comunales dejen de hablar de Tomé como destino turístico y comiencen a tratarla como tal, con inversiones que estén a la altura del paisaje que la naturaleza ya ofreció sin costo.

El turismo no espera. Los veranos pasan, los visitantes eligen otros destinos, y Tomé sigue mirando al horizonte desde una costanera que quedó a medio hacer. Ya es hora de terminar lo que se empezó.